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'Coman mi carne, beban mi sangre'

Publicado el 18 de agosto de 2024 · por Administrador

'Coman mi carne, beban mi sangre'

El discurso del pan llega a su punto más radical. Cristo no suaviza el lenguaje, aunque muchos se escandalicen.

'Coman mi carne, beban mi sangre'

Lectura sugerida: Juan 6,51-58 Categoría: Sermón Publicado: Domingo, 18 de agosto de 2024

El discurso del pan llega a su punto más radical. Cristo no suaviza el lenguaje, aunque muchos se escandalicen.


Discutían los judíos entre sí: '¿Cómo puede este darnos a comer su carne?'. Cristo, lejos de aclarar suavizando, insistió aún más fuerte: 'Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día'.

La crudeza del lenguaje

Cristo usa palabras fuertes: 'comer' (en griego, 'trōgō' significa literalmente 'masticar'). No es eufemismo, no es alegoría poética. Si fuera solo símbolo, sus oyentes lo hubieran entendido. Pero ellos protestan precisamente porque entienden lo que dice. Cristo confirma la lectura realista.

El escándalo eucarístico

Esta es la doctrina de la presencia real eucarística. La Iglesia la ha guardado celosamente durante veinte siglos. Si fuera simbolismo, no tendría sentido la adoración, no se justificaría martirio por una hostia, no haría falta tanta reverencia. Pero es realmente Cristo, y por eso lo es todo.

Carne y sangre

¿Por qué distingue carne y sangre? La sangre en el Antiguo Testamento es el sustento de la vida. Beber la sangre era prohibido. Cristo invierte la prohibición: bebed mi sangre. La nueva alianza se sella con sangre dada en alimento. Es lo más sagrado del cristianismo.

La promesa de resurrección

'Yo lo resucitaré en el último día'. Quien come la Eucaristía recibe el germen de la resurrección. El cuerpo glorioso futuro empieza a alimentarse ya en esta vida con el cuerpo eucarístico. Por eso los santos amaban tanto comulgar: alimentaban su cuerpo eterno.

Para llevar a la vida diaria

Esta semana acude a la Misa con una conciencia renovada. Especialmente al momento de la consagración: arrodíllate o inclínate con fe. Y, si puedes, asiste a una hora de adoración eucarística: dejar pasar el tiempo ante el sagrario, sin pedir nada, solo creyendo, es de las experiencias más transformadoras de la vida cristiana.

Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo, confórtame. Oh, buen Jesús, óyeme. En tus llagas, escóndeme. No permitas que me aparte de ti. Amén. (Oración del Anima Christi).


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Publicado en la categoría: Sermón.

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