Santísima Trinidad: hijos en el Hijo
Publicado el 26 de mayo de 2024 · por Administrador
El Espíritu Santo nos hace gritar 'Abbá, Padre'. La Trinidad no es solo doctrina: es la familia a la que pertenecemos.
Lectura sugerida: Romanos 8,14-17 Categoría: Festividad Publicado: Domingo, 26 de mayo de 2024
El Espíritu Santo nos hace gritar 'Abbá, Padre'. La Trinidad no es solo doctrina: es la familia a la que pertenecemos.
San Pablo nos da una de las páginas más luminosas del Nuevo Testamento: 'Los que se mueven por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. No han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos hace gritar: Abbá, Padre'.
Abbá: papá
'Abbá' era la palabra arameña que los niños usaban para dirigirse a su padre. Equivale a 'papá'. Jesús la usaba para hablar al Padre celestial. Y, por el bautismo, nos comunica el mismo derecho. No nos relacionamos con Dios como un siervo con su amo: como un hijo con su padre. Esta es la libertad cristiana.
El Espíritu testifica
'El mismo Espíritu testifica con nuestro espíritu que somos hijos de Dios'. La filiación no es solo doctrina: es experiencia. El Espíritu Santo nos hace sentir interiormente que somos amados. Quien no ha experimentado esto al menos una vez, le falta una de las consolaciones esenciales de la fe.
Coherederos con Cristo
'Y si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo'. Nos espera la herencia del mismo Cristo. Lo que es del Hijo, será también nuestro: la gloria eterna, la participación en la naturaleza divina (en la medida en que una criatura puede). Es promesa vertiginosa.
La condición
Pablo añade una nota realista: 'Si sufrimos con él, para ser también con él glorificados'. La filiación no nos exime del sufrimiento: lo da sentido. Cristo, el Hijo amado, también pasó por la cruz. Nosotros también pasamos. Pero la cruz lleva a la resurrección.
Para llevar a la vida diaria
Esta semana reza el Padre Nuestro con conciencia renovada. Especialmente la primera palabra: 'Padre'. Detente allí. Saboréala. Y, si llevas alguna cruz, ofrécela con conciencia de hijo: 'Padre, esto te lo entrego. No comprendo todo, pero confío'. La filiación divina transforma el sufrimiento.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, comunión eterna de amor, gracias por haberme incluido en su familia. Soy hijo en el Hijo. Espíritu Santo, hazme sentir esa filiación. Y, cuando venga la cruz, recuérdame que también ella conduce a la gloria. Amén.
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